Tengo miedo.

Hoy vengo a hacer una confesión:

Tengo miedo.

Pero no me refiero ese miedo que tienen los adultos a esas cosas de adultos, que también. Me refiero a ese miedo de no poder dormir en la oscuridad. Ese miedo que te deja petrificada si se apagan las luces de repente y no tienes nada a mano. Ese miedo que hace que te sude la nuca y tus pulsaciones se aceleren porque sientes que no estás solo.

Me refiero a ese miedo que hace que te arropes en mitad de la noche aunque estés en pleno Agosto. Ese miedo que a veces hasta te ha hecho llorar porque controla todo tu cuerpo cuando viene. Ese miedo que te despierta gritando por las pesadillas que te causa y que despierta y asusta a la vez a los que más te quieren. Ese miedo de todo aquello que tu imaginación se cree que puede pasar, que puede existir, que puede estar ahí cuando abras de nuevo los ojos.

Siempre he tenido ese miedo. Cuando era pequeña lloraba al final del día. Diciéndole a mi madre que por qué tenía que llegar siempre la noche. Recuerdo empezar a ponerme nerviosa desde el momento en que me iba a la cama. Y que no pasaba hasta el día siguiente. Por aquel entonces sólo deseaba ser mayor para vivir sin ese miedo.

Pero, ¿sabéis qué? Ese miedo a veces nunca se pasa. Hay veces que maduras, te haces mayor, tienes hijos, y ese miedo sigue ahí. Escondido en un rincón dentro de ti y negándose a salir. Haciéndote sudar, mirar por encima de tu hombro, temiendo quedarte solo. Y sí, yo soy una de esas personas a las que ese miedo nunca se le ha ido.

A veces lo he hablado con Carlos y no puede llegar a entenderme. Nunca ha sentido ese tipo de terror. Y es una cosa que yo jamás se la desearé a nadie. Es pasarlo tan mal como cuando eres pequeño, pero en la mente de un adulto. Peor.

Y aquí llega mi miedo actual.

Uno que se ha sumado a todos estos. ¿Cómo puedo decirle a Sofía “no temas” si yo misma soy incapaz de cruzar un pasillo a oscuras? ¿Como puedo hacer que ella no sufra lo que estoy sufriendo yo? ¿Cómo voy a decirle que no tenga miedo a todas esas cosas, que no son relaes, si yo misma las temo?

Hasta ahora nunca me había planteado este punto de la maternidad. Nunca había pensado en mi miedo como un obstáculo para educar y criar a mi hija. Pero lo es. El otro día ya me dijeron: “Pues ya está empezando a asustarse, eso es que tú se lo estás pegando”. Así, dejándolo caer. Como si esa frase no fuera a clavarse a fuego en mi mente. Como si desde ese momento no estuviera dandole vueltas a qué puedo hacer para que no sea así.

Así que sí, confieso que tengo miedo. Y no sé cómo afrontaré esa etapa de la crianza de Sofía cuando llegue. Sólo sé que pido cada día porque nunca tenga que vivir con esto. Y si tenéis alguna fórmula mágica para matar monstruos en la cabeza de una mujer adulta, soy toda oídos.

Sonríe, aunque sea con miedo.

Marta

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