Mi parto (parte I)

Por fin. Aquí está nuestra historia.

Todo empezó un 31 de Octubre. Bueno, en realidad empezó 41 semanas antes, pero eso es tema de otro post. Tenía la revisión, precisamente de las 41 semanas, y Sofía seguía “muy agustito en la barriga de mamá” como había tenido que aguantar escuchar en esas interminables semanas de espera, dolores e incomodidad.

Una revisión, una semana más.

Ese fin de semana había tenido contracciones, pero nada regulares y poco dolorosas. Molestas. Me monitorizaron como de costumbre y ese día las contracciones eran nulas. Vamos, que a mí me entraron ganas de llorar de pensar que me podía quedar otra semana al menos de llevar todo aquello encima (no, para mí no era bonito el final del embarazo, ya os lo conté en Instagram aquí, aquí y aquí ).

En la revisión del ginecólogo me dijo, una vez más, que todo estaba perfecto. La niña colocada (desde los 7 meses que se puso ahí, con toda la maravillosa presión que eso suponía) y, además, tras una exploración (que me hizo porque el viernes anterior a ese lunes había expulsado el tapón mucoso), dilatada 1,5 cm y el cuello del útero parecía “facilón”. Sí, esas palabras utilizó el buen hombre con la mano metida en mi vagina . Aún así, todo eso no significaba nada, y me fui con la fecha en la que tenía que ingresar para provocar el parto.

La noche de Halloween.

Aproveché que era fiesta para no parar en casa y así distraerme un poco de la larga espera. Me pasé todo el día con más molestias de la cuenta, y ya es decir, pero el propio ginecólogo me había dicho que sería algo normal después de la exploración. A las 20:00 nos fuimos a mi paseo diario, que cumplí hasta ese último día de embarazo y fue allí cuando le dije a Carlos que aquello me parecían contracciones. Yo sin mucha seguridad ya que no sabía qué era una contracción y aquello se parecía a una de mis reglas, doloroso pero conocido.

Acortamos el paseo y nos fuimos a casa, a reunirnos con mis padres y mi hermana para celebrar la castañada. Y allí, entre castañas y boniatos, mi padre (que es médico y sabe más de esto hasta que la propia afectada, osea yo) me tocó la barriga en uno de mis dolores y me dijo que eso era una contracción, que no sabía por qué no las estábamos cronometrando. “Que no papá, que esto no duele tanto, es como una regla, no puede ser el parto”. Inocente de mí.

Carlos se puso a contarlas, por si acaso decía, pero que yo estaba convencida que esa noche dormía en mi casa. En ese momento estaban apareciendo cada 8 / 9 minutos de manera regular. Pasamos una hora así y aquello empezó a ponerse un poco más serio. El dolor iba en aumento, yo ya tenía que estar de pie, andando por la casa, y me sujetaba a los muebles cuando veía una. Uy, a ver si va a ser verdad que esto ya está aquí.

No sé como explicarlo pero en ningún momento me puse nerviosa. Puede que no me creyera que eso estuviera pasando, que no era consciente de que ya estaba allí ese momento tan esperado y temido a la vez, o si de verdad estaba tan preparada de manera natural para ser madre, que los nervios no aparecieron, ni en ese momento, ni después.

Quise esperar porque aún no estaba segura de que aquello fuera a pasar, y no quería ir al hospital para que me mandaran a casa a pasear. Prefería esperar más. Pero las contracciones cada vez eran más fuertes, en ese momento ya tenía que concentrarme en respirar para disminuir el dolor, y ahora llegaban cada 4 / 5 minutos. Así que, a las 22.30 de la noche, salimos de casa por última vez siendo dos. Recuerdo que Carlos y yo nos miramos y cerramos la puerta con una mezcla de ilusión e incredulidad. Tanto tiempo esperando…. Y podía ser el día de conocerla.

La llegada al hospital.

El viaje al hospital, un show. Me paré desde mi puerta hasta el coche dos veces, en el coche cada vez se hacían más seguidas las contracciones y ya no pasaban más de dos minutos sin que viniera una. Llegamos a Urgencias y en el paseo desde el mostrador hasta ginecología, hice esperar al celador unas 4 o 5 veces. Aquello ya no parecía tener vuelta atrás.

Una vez más, mis queridos monitores. “Por Dios que ahora salga algo, que no me digan que esto no es nada”. Os juro que lo pensé. Pensé: “Cómo me digan que es una falsa alarma, cuando sea de verdad, no podré aguantarlo”. Pero no. Me dijeron que las contracciones eran fuertes, muy regulares y que tenían muy buena pinta. Buena pinta. Ya. Para quién no las está pasando, que la mano de Carlos en ese punto ya era un batiburrillo de huesos aplastados.

Entonces, agarrada a su mano como si no hubiera mañana y mirándonos a los ojos entre contracción y contracción se oyó un CLACK. Literalmente. Romper aguas suena. A mí nadie me lo había dicho, era de las que se preguntaban si notaría cuando pasase. Pues, además de lo evidente (ese líquido calentito que sale y sale y sale sin que tú lo controles), suena como si rompieras un globo de agua. Carlos me miró y atiné a decirlo “Creo que he roto aguas”.

Y ahí… Ahí fue el comienzo real de todo. Desde ahí tengo un recuerdo acelerado, mezclado con dosis de dolor e imágenes… Que os contaré mañana.

Sonríe, las segundas partes, a veces, fueron mejores que las primeras.

Marta.

Dejar un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

A %d blogueros les gusta esto: