Mi parto (parte II)

La llegada de Sofía

Nos quedamos en ese momento de romper aguas, a las 23.30 h. De saber que ya no saldrás de allí sin tu hija. Por aquel entonces los nervios seguían sin aparecer, pero apareció por un momento el miedo. Se lo dije a Carlos, mirándole a los ojos, y me dijo: “Ya lo sé pequeña, yo también, pero todo saldrá bien”. Y qué razón tenía. Eso sí, no volví a tener miedo. Creo que con lo rápido que fue todo, no tuve tiempo.

Antes de romper aguas, el dolor era soportable. Hasta me dijo todo el personal del hospital, que lo llevaba muy bien, que manejaba muy bien el dolor. Pero después de romper la bolsa… El dolor aumentó el doble. O el triple. Lo único que me ayudaba era respirar como lo hago en mis clases de Yoga. Respirar, respirar, respirar. Concentrarme en la respiración. Nada más. Fue lo que me mantuvo tranquila, serena y fuerte todo el proceso de parto.

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Cuando me pasaron a explorarme por primera vez (sobre las 23.30), estaba ya de 6 cm y la ginecóloga me dijo que podía estar tranquila, aquello parecía que iba muy bien. Lo único que le pregunté fue: “¿Entonces me podéis poner ya la epidural?”. Cuando me dijo que sí, se me saltaron las lágrimas. Sí, sé que estamos preparadas para soportarlo. Sé que es natural, sé que forma parte de dar vida, pero es muy doloroso. Muchísimo. Así que yo sólo pensaba que si pasaba así varias horas más, me quedaría sin fuerzas para recibir a mi hija.

Me pasaron a la sala de dilatación, y después de una hora casi de espera, vinieron a ponerme la epidural. De esa hora de contracciones a cada minuto, seguidas y muy dolorosas, no recuerdo casi nada. Ni a Carlos, ni a mi madre. Sólo dolor y centrarme en respirar. Eso sí, los nervios seguían bien lejos. Cuando me pusieron la epidural salió Carlos, pero por suerte mi madre es sanitaria y pudo acompañarme en todo momento. Así que, de su mano, me pincharon. Mucha gente me pregunta si duele, no lo sé. El dolor de las contracciones era tal que no sentía nada más.

Marta Garrido Moreno - 2016-11-01 01.58.17IMG-20161031-WA0015Marta Garrido Moreno - 2016-11-01 03.09.46

Cuando salieron de la habitación, tres contracciones más tarde, el dolor empezó a disminuir. Seguía notando todo, pero no había dolor. Me puse a reír como una tonta. Miré a Carlos y a mi madre y sentí que ya todo iría bien. Sabía que todo iría bien. Hasta me grabé un vídeo para mi familia. Pasaron a explorarme de nuevo a eso de la 01:45. Ya estaba en dilatación completa para sorpresa del matrón. Primeriza y, apenas 3 horas después de entrar al hospital, dilatación completa. En ese momento le preguntó a Carlos si quería ver la cabecita. Dijo que si. Jamás olvidaré su cara.

Fue el primero en ver a Sofía. Ostras. Eso fue todo lo que le salió al pobre. El matrón (un amor, al cual estoy enormemente agradecida por todo), me dijo que si quería tocarla yo. Bajé la mano y la sentí. Pero como soy un poco aprensiva, me vinieron los siete males y casi me mareo. Si, ese espectáculo soy yo.

Me dejaron ahí para que la niña terminase de bajar al último plano. Nos quedamos solos y pasaron a verme mi padre y mi hermana. Os prometo que con la epidural noté cada contracción, era capaz de saber cuando venía, sentirla y notar como se iba. Pero sin dolor. Una maravilla.

Y ENTONCES, SENTÍ QUE YA ESTABA AHÍ.

Eran las 03·:15 o así cuando empecé a notar ganas de empujar. Para quien no haya pasado por ahí y le interese, es como si te entran ganas de ir al baño. Desagradable comparación, pero es igual. Avisamos al matrón y se acercó para ver como empujaba. Hicimos una prueba y en seguida me dijo que lo hacía de maravilla, que nos íbamos al paritario. Aquí si utilice las técnicas de respiración del curso de preparación al parto. La técnica de pujo diafragmatico y la técnica de la vela cuando el patrón me lo pedía, ambas fueron mis aliadas en todo ese proceso.

Yo seguía sin estar nerviosa. Recuerdo una conversación con Carlos en la que le volvía a decir que tenía miedo. De no saber hacerlo, de no saber empujar, de no poder traerla al mundo. Pero allí estaba él. De mi mano en todo momento, para decirme que lo estaba haciendo muy bien, que Sofía estaba ya aquí con nosotros.

EL EXPULSIVO. A CINCO MINUTOS DE SOFÍA.

Cuando llegamos al paritorio, el matrón me pidió que, mientras él se ponía los guantes, probase a empujar con todas mis fuerzas cuando me viniese otra contracción. Así que lo hice. Y de pronto escuché: “¡Para, para ,para que sale del todo!”. Era el otro enfermero haciéndome parar de empujar porque Sofía salía y el matrón no se había preparado. Así que paré. Miré a un lado y vi a mi madre (que estuvo en todo momento) y a Carlos. Estaban emocionados, nerviosos, tensos.

Entonces, sentí la responsabilidad que tenemos las mujeres de traer vida al mundo. 

Cuando estuvieron preparados me dijeron de empujar de nuevo como había hecho antes. Cogí aire y cuando sentí la contracción llegar empujé. Como había ensayado tantas veces, con todas las fuerzas que me quedaban. Sentí salir la cabeza. Con la epidural no sientes dolor extremo, pero duele. Al menos a mí. Paré un poco a respirar.

En ese momento el matrón me dijo que en el siguiente empujón, saldría Sofía. “Quieres cogerla y sacarla tú?”. Ya sabéis lo miedica que soy así que le dije que la sacase él casi toda, que me avisase cuando yo pudiera cogerla con seguridad. Me preparé, empecé a empujar y, cuando noté que salían los hombros, sentí que el resto de su cuerpecito se deslizaba rápidamente hacia fuera.

Y entonces la cogí. La subí hasta mi tripa. Me avisaron de que no podía subirla más porque tenía el cordón umbilical tan cortito que no daba para subirla al pecho. A mí me daba igual. Tenía los ojos abiertos. Lloré. Como nunca antes había llorado. Sentí que por fin estaba completa, que mi vida tenía sentido, que había hecho aquello para lo que había nacido, tener un hijo.

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Miré a Carlos y también estaba llorando. “Es ella Martica, es Sofía. Es ella, es nuestra pequeña”. Y lloramos juntos.

Cuando le cortaron el cordón pude subirla a mi pecho. La miré, la abracé, la besé. Era ella. Por fin. Tantas veces la había soñado, y por fin estaba allí. Nació con los ojos abiertos como platos. Quería ver el mundo. Quería ver quién era papá y mamá. Tenía los ojos de él. Y su cara, su boca. Me sentí la mujer más afortunada del mundo.

Y así, acabó la experiencia más mágica de mi vida.

El resto os lo podéis imaginar. Doy gracias cada día por el parto que tuve, para mí fue un regalo caído del cielo. Por sentirlo todo, pero no sentir dolor. Porque no hubo ni una sola complicación. Porque Sofía llegó sin problemas y estaba sana y maravillosamente bien. Por la atención de todas las personas del hospital. Porque puede besar a Carlos y a mi madre, que vieron nacer a mi hija. Por todo. Gracias a la vida.

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Sonríe, también hay partos bonitos.

Marta.

 

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