Encuentra tu sitio.

¿Dónde quieres estar? ¿Qué quieres ser? ¿A qué te quieres dedicar?

Muchas personas nacen con una vocación. Desde pequeños tienen clara la respuesta a estas preguntas, saben cuál es su sitio y saben qué deben hacer para llegar allí. Pero no siempre es tan sencillo. A veces no sabes cuál es tu sitio, y otras veces no puedes ir allí. Hoy os cuento mi historia.

Cuándo sabes lo que quieres hacer.

Yo sabía que quería ser bailarina de ballet. Amaba bailar, más que eso, sentía que había nacido para hacerlo, como me pasa con ser madre.

Me pasaba todas las tardes de mi infancia en clases. Cuando no era mi clase, suplicaba a la profesora para dejarme dar otra hora más con las mayores. Recuerdo esos años como unos de los mejores de mi vida. Mi cuerpo estaba bien cuando bailaba y mi cabeza y mi corazón sólo sentían felicidad.

Yo supe cual era mi sitio, y dónde quería ir. Pero no me dejaron hacerlo.

Cuando llegó el momento de decidirme por una carrera (en bachiller) yo tenía clara mi meta. Sin embargo, a veces nuestros padres deciden cosas por nosotros, que nos pueden gustar más o menos, pero que siempre intentarán ser por nuestro bien. A mí me cerraron la puerta del ballet, y tuve que elegir una carrera “bien vista” de la que pudiera sacar “un trabajo para pagarme la vida”.

Esto acabó conmigo estudiando dos Ingenierías que no me gustaban. Nada. Con horas, horas, horas y más horas dedicadas al estudio de algo que llegué a odiar. Eso sí, gracias a ellas conocí a Carlos, por lo que tampoco me arrepiento de nada

Y esas maravillosas carreras bien vistas que me iban a dar un magnifíco trabajo con un gran sueldo… Me dejaron en el paro. Con un B2 de inglés, dos carreras y cara de tonta.

Estuve trabajando de dependienta, de ayudante de cocina y parada. Mucho tiempo parada. Y cuando conseguí un trabajo, ¡anda!, la empresa se aprovechó de mí. Estuve trabajando como ingeniera pero en mi contrato era AUXILIAR ADMINISTRATIVO, y cobraba un sueldo que os daría risa.

Pero entonces pasó, y encontré otra pasión.

Y empecé a escribir. A grabar vídeos. A compartir historias. Empecé a darme cuenta de que me gustaba esto. Me APASIONABA. Y decidí dedicar horas a ello, pues me parecía encontrar un hueco en el mundo donde me podía sentir bien.

Volví a no tener apoyo. A escuchar frases que no hacían más que bajarme la moral, quitarme las ganas de seguir poniendo esfuerzo y trabajo en algo así. Pero esta vez era distinto. Esta vez ya sabía qué se siente cuando dejas de hacer lo que amas por hacer lo que se supone que te toca. Y seguí adelante.

Estos últimos meses he empezado a encontrar gente que cree en mí. Gente que piensa que el trabajo que hago merece la pena, el esfuerzo y que me anima a continuar. Tengo un apoyo en casa que me empuja a seguir y que sólo pone facilidades para ello.

Yo he seguido formándome a parte de trabajar de esto, porque he encontrado otra cosa que me encanta, enseñar y acompañar. Y he vuelto a bailar. Otra vez. Después de pasar años llorando por no sentir ese amor.

Y estoy creando mi hueco en el mundo. Decidiendo dónde quiero estar y qué quiero ser.

¿Qué conclusión he sacado?

La de luchar. Por y para ti. Y, sobre todo, la de trabajar con AMOR. Desde dentro, desde las entrañas, desde donde salen todas las cosas que importan. Al final, llegan las recompensas. Igual no son las que querrías, igual no son las que soñabas… Pero llegan recompensas.

Y cuando uno es feliz con lo que hace día a día, lo demás importa menos.

Sueña, trabaja y sigue soñando. Que nadie te aparte de tu lugar en el mundo. Es tuyo y tú decides dónde está.

Sonríe, hoy más que nunca, sobran motivos.

Marta

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