Confesiones de mamá: la incertidumbre

Hoy vengo a confesarte algo más. Una de esas cosas que te cuento, para que veas que todos luchamos contra nuestros demonios interiores. Hoy vengo a hablarte de la incertidumbre.

Me considero una persona fuerte.

O, al menos, que intenta serlo con todas sus fuerzas. Cuando tenemos épocas buenas nos unimos, nos crecemos, nos vivimos con mucha intensidad. Y cuando nos vienen épocas malas, luchamos.

Me permito caer, ya te dije alguna vez que caer no es signo de debilidad, lo es el no levantarte. Así que todas y cada una de esas veces, me he levantado. Con una sonrisa, porque la vida tiene muchas cosas buenas, hasta en esas malas épocas.

Dame una guerra, la lucharé.

Si tengo que pelear, ahí estaré. Dándote la mano, dándosela al de al lado si me necesita, sacando fuerza de donde sea para dar un paso más.

La resiliencia para afrontar las cosas que te pone la vida delante creo que se va adquiriendo y mejorando con los años. Poco a poco aprendes cómo puedes hacer mejor las cosas y cómo puedes salir mejor de esos obstáculos que hasta el más feliz del mundo sufre de vez en cuando.

Pero no me pidas que espere sin saber.

Y aquí, aquí llega mi talón de Aquiles. Nunca he soportado esperar. Ni a que llegue quien se retrasa, ni cuando se acerca una fecha importante, ni cuando estoy cerca del final de algo. La ansiedad por conocer la realidad me puede.

Y a eso, tengo que sumarle el no saber. La incertidumbre. El no saber a qué me estoy enfrentando. No saber si tengo que luchar, o no. Si tengo que ser feliz, o no. Si debería reír o quizá debería estar llorando. No saber si está bien o está mal. Si llegará o no. Si será o nunca fue su destino ser.

Y, cuanto más te cueste, más tendrás que hacerlo.

Este año está siendo el año de la incertidumbre. De no saber si el final es el que espero. De tener que esperar. De seguir esperando. De llegar a una meta, y en seguida aparezca algo que te desespere por llegar a la siguiente.

Cuando no sé a qué me enfrento, cuándo no sé cómo debería estar, cómo me debería sentir o cómo debería vivir… Ahí es cuando me pierdo. Si tengo que ser feliz, lo soy. Si tengo que estar triste un tiempo, lo estaré también. Pero vivir en el limbo de las emociones es lo peor que le puedes dar a una persona como yo.

Y aquí me tenéis, peleando contra uno de mis peores temores. Y, por cierto, publico esto en día 13, a pesar de que ya conocéis una de mis otras confesiones….

Sonríe, aún así hay muchas cosas que te llenan al lado.

Marta

 

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